domingo, 24 de junio de 2012

BERTA MARTÍNEZ / Crear una imagen con los ojos de la mente




MUY ESPECIAL /  Por Andy Arencibia y Yasser Alberto Cortiña Martínez

A una pregunta que se le hiciera a Lezama Lima en relación a un tema esencial de su obra: la imagen, respondía que para él, la imago era la realidad del mundo invisible, de lo irreal, y de toda posibilidad. «La imagen para mí es la vida», decía el creador de Paradiso, «es lo fundamental, es la esencia y el fundamento de la poesía y del hombre». «El conocimiento de la vida no es directo; la comunicación de ser a ser, de persona a persona no es directo, es a través de una imagen»
Pensaba en el modo idóneo para introducir un trabajo sobre la maestra Berta Martínez cuando a mis manos cae por casualidad esta entrevista (1). Leerla significa reflexionar nuevamente acerca del valor de la imagen para Lezama Lima, la cultura cubana y en especial Berta Martínez. Creo que la imagen es el modo más idóneo de acceder a la memoria, tal vez sea el único. En el caso de Berta Martínez imagen y memoria convergen en un espacio que es a la vez individual y colectivo, físico e imaginario.

Conversar con Berta Martínez es acercarme a la obra de una señora obsesionada por la imagen, definida por ella como «portadora de la intencionalidad». Cada uno de sus recuerdos parece extraído de una foto muy antigua, un daguerrotipo que adquiere colores a medida que el rostro surcado de la señora se ilumina al evocar algún recuerdo de su vida, siempre ligada al teatro. Al preguntarle acerca de sus inicios en el teatro de su natal Yaguajay, Berta nos dibuja cuadros imaginarios, estáticos como las composiciones plásticas que dieron vida a sus obras; cinematográficos por la brevedad con que aparecieron en mis retinas. «Recuerdo a un hombre mayor que fuma tabaco mientras recoge las entradas a los impacientes espectadores. Me veo a mi misma muy pequeña, tres años tendría, en los brazos de mi tía. Recuerdo a mi hermana, la encargada de organizar las veladas del pueblo. Ella era la única artista de la familia. Recuerdo también a hombres vestidos de mujeres, y a mujeres de hombres. ¿La primera obra teatral que recuerdo? Las Leandras.
Pero también las imágenes de Berta pueden ser dolorosas. Así es el recuerdo que tiene de la ingratitud padecida por Candita Quintana a quien vio salir de la escena, sola, con un ramo de flores en una de sus manos. Me estremezco, como me estremezco también cuando evoca su regreso a Las Villas muchos años después acompañada de Orietta Medina, y su dolor al ver destrozado el teatro de la infancia; el teatro por el que desfilaron tantas estrellas de la escena vernácula como Alicia Rico y Candita Quintana.
Berta confiesa que ya desde niña se percató de que poseía un don: una exacerbada capacidad para captar las sensaciones sensibles: los olores, sonidos, colores, texturas. También desde niña aprendió a cultivar este don a jugar con los sentidos, a imbricarlos.  Es en este período de su vida donde se siembra esa semilla, cuyo fruto tendrían la posibilidad de oír los autores de estas líneas cuando orgullosa la maestra nos dijera: «en la escena se oye, se  mira, se toca con los ojos de la mente». En ese inicial momento de su vida surge una de las grandes obsesiones de toda su obra: el énfasis en el lenguaje, el conocimiento de cada uno de ellos y la imbricación coherente entre vestuario, luces, escenografía y actor.
Berta trabaja cada lenguaje como si fuera un personaje, estudia el valor de las luces creando composiciones plásticas cuyo soporte es un sólido trasfondo filosófico. Y es que aquella curiosidad infantil de la Martínez en relación a la naturaleza humana- curiosidad que aún hoy permanece viva dotando su rostro de una belleza y juventud ajena al pasar del tiempo- tiene la posibilidad de ser encauzada allá por los años cincuenta cuando comienza una sólida carrera como actriz. Con figuras como Adolfo de Luis, profesor y amigo, tiene la posibilidad de confrontar ideas en relación a las investigaciones de Stanislavski y Bertolt Brecht. Es la década del cincuenta el espacio para que Berta Martínez consolide su investigación acerca de la filosofía marxista: la dialéctica y el materialismo histórico, la base de todo su pensamiento teatral y humano en general.
El materialismo es para Berta un acto de descubrimiento de sí misma y de los demás. En él se hallan las leyes del movimiento y de la naturaleza. Mediante el materialismo, Berta sienta las bases para encauzar una investigación que tiene como uno de sus puntos primordiales la unión entre lenguaje espiritual y lenguaje físico. Berta nos explica: «el estímulo espiritual genera una respuesta espiritual, y ésta entonces una acción física»
En su proceso de trabajo como pedagoga y directora de escena, Berta Martínez sistematiza a la vez que asienta en una solida praxis escénica, conceptos tales como acción y actividad, objeto y objetivo y necesidad como fuerza motriz. Define los diversos tipos de actividad y la dialéctica entre ellas. Hay en su trabajo una preocupación por esta última rama del pensamiento marxista que alcanza también la relación existente entre actor y espectador. Al trabajo del actor sobre la escena conjuntamente con los restantes lenguajes lo define como expresión, y el mensaje o tesis global del espectáculo es recibido por el espectador como impresión.
A lo largo de toda su carrera Berta ha apostado por un actor inteligente que privilegie la importancia del pensamiento por encima de una fisicalidad en ocasiones exacerbada y gratuita. «Ya nadie enseña esto», nos dice Berta refiriéndose a sus estudios sobre sicología y filosofía marxista aplicados al trabajo del actor. «Ahora es revolcarse y echar volteretas», dice la Martínez, implacable, mientras sonreímos con aire de complicidad.
La tan socorrida «síntesis», adjetivo presente en casi toda reseña crítica sobre la obra de Berta Martínez, guarda relación con la importancia que le concede al actor como ser viviente. «En la escena hay que escoger lo elemental. Nada en demasía. Lo esencial es el lenguaje humano, el personaje que es el ser pensante. Los miles de problemas que hay que resolver en la escena deben guardar relación con el actor».
Su estadía en la radio, especialmente en CMQ, durante la década del cincuenta despierta en ella el interés por la expresión oral en el campo de la interpretación dramática. Aún hoy Berta no termina de investigar esta zona. El cuidado en la entonación, así como la búsqueda de la perfección del sonido constituye el núcleo  en la exposición y conclusión de una idea. Esto último Berta lo define como lenguaje de la intencionalidad, articulado por el sistema de puntuación.

 
Berta Martínez y Flora Lauten en Contigo pan y cebolla 
Teatro y vida parecen no tener  fronteras para la Martínez. En cada uno de sus montajes pulsa algún momento de su vida. Los personajes encarnados por ella y sus actores (utilizo esta frase aunque bien sé cuanto la rechaza) están elaborados a partir de su propia existencia. Numerosas personas conocieron el hecho, otras no, pero lo cierto es que aquellos espectadores que asistían a ver a la Martínez en Contigo pan y cebolla, veían dos personajes imbricados el uno en el otro: Lala Fundora y la madre de Berta. Y es que aquel personaje creado por Héctor Quintero nunca hubiera sido el mismo sin esta actriz.
Durante un período de veinte a veinticinco años interpretó Berta a Lala Fundora, madre cubana como la suya propia. «Lala Fundora era mi madre», nos cuenta Berta, «su tragedia era la de mi madre para alimentarnos, vestirnos y educarnos. El vestuario que utilicé para interpretar a Lala en escena era exacto al que usaba mi madre. Ella hablaba así mismo. Cuando mi hermana me vio en escena, me reprochó cariñosamente: Pero esa es mamá. Claro que era mamá. ¿Quién mejor que ella para inspirarme?»
Mucho ha sido el estudio de Berta Martínez, pero su mejor herramienta: la observación a través  de las propias vivencias. En cada una de sus montajes está impresa la huella de algún recuerdo de la niñez y primera juventud. Aquella «integración de elementos de la cultura nacional a los valores artísticos universales», (2), la raigambre popular de sus espectáculos, son características nacidas de todo el mestizaje en el que vivió buena parte de su vida.
En los altos de aquel teatro de su natal Yaguajay radicaba la Colonia Española. Por ellos conoce la obra de Lorca, y también porque como ha dicho en otra entrevista: «allí gran parte de la vida tenía muchos puntos de contacto con la de los personajes femeninos de Lorca». (3)

En el Yaguajay de la década del treinta existía una clara e inviolable jerarquización en  cuanto a clases sociales se refiere. Berta nos cuenta que: «los mulatos no podían reunirse con los negros, ni los negros con los blancos, mucho menos con los españoles. Mi abuela era mulata, yo tenía un pariente gallego. Vi las comparsas en las calles de mi pueblo y al teatro bufo de tan fuerte raigambre popular». Todas estas visiones serían luego el andamiaje contextual de sus montajes en los que más que la historia de los personajes y sus conflictos, lo verdaderamente esencial para Berta sería y sigue siendo «las causas que provocan esos conflictos, las causas socioeconómicas».
Pedagoga incansable, el nombre de esta mujer está ligado a grandes figuras de la escena cubana. Dos de ellas dejaron especial huella en su vida y en su carrera teatral. Cuando se le preguntó acerca de Vicente Revuelta, el rostro de esta señora indómita y temperamental permaneció algunos segundos en suspenso, presto a soltarnos una bomba allí misma: «¿Por qué me hacen esa pregunta?». Segundos que parecieron siglos nos dejaron pasmados, como si nos hubiéramos adentrado sin autorización en algún misterio antiguo. El rostro de la señora se relajó observándonos sonriente mientras hacía con sus manos un gesto de puños enfrentados. «Vicente era muy exigente, nos explica Berta, nuestro relación se basó en el respeto y la disciplina. Aunque yo daba sugerencias en algunos montajes, nunca olvidé que él era el director».
Al mencionarle a Adolfo Llauradó la señora volvió a observarnos fijamente con esa mirada penetrante en ocasiones burlona. Pensamos que otra vez habíamos metido la pata al tocarle algún tema incómodo. Berta nos sonrió y nosotros recuperamos la respiración. « Fui la madre artística de Adolfo. Trabajó conmigo en Santa Juana, de Bernard Shaw. Era un actor muy inteligente».
Poco más de dos horas duró el encuentro con Berta Martínez. Para ella, quizás uno de los tantos que ha tenido con estudiantes e investigadores. Pero para nosotros fue una experiencia única y a la vez extraña. No pudimos dejar de expresarle nuestro agradecimiento por habernos dejado entrar a su casa y acceder a su obra. Berta nos agradeció también y en ese agradecimiento estaba también el reproche de una señora que siente (como también sentimos nosotros) que ha quedado en el olvido, cuyo nombre para muchos existe únicamente en alguna que otra revista especializada. «Son ustedes los que me han olvidado, yo estoy aquí. A ustedes les toca acercarse a mí. Yo no voy a salir a las calles gritando estoy aquí: viva».

Los ojos de nuestra insurrecta memoria deberían quitar su venda por fin y reconocer a gritos  la excelencia de una señora que con sus setenta y nueve años posee  visiones  sobre el teatro tan o más contemporáneas que las nuestras.”Al César lo que es del César” y a Berta no las páginas gastadas de revistas o periódicos ni el lívido recuerdo de una tarde en  tertulia, a Berta  el reconocimiento sin reparos y el agradecimiento sincero por hacer  de la escena cubana , durante tanto tiempo, un arsenal de importantes valores artísticos.
Aún hay mucho por aprender de esta directora, actriz y extraordinaria diseñadora de luces. Conserva la gracia para comunicar sus conocimientos  y enseñar como una maestra clara y precisa. En tres años que llevamos estudiando en el Instituto Superior de Arte ha sido la entrevista con Berta Martínez, uno de los momentos de mayor claridad, comprensión y gusto que hemos pasado. Es la pedagoga que primero que todo aclara sus puntos de vista  y conceptualiza de manera asequible pero concisa para luego transmitir al que escucha de forma nítida. No es el barroquismo a ultranza ni la profusión de documentos y referentes inexplicables que  cercenan la espontaneidad.
 La fluidez no cesó entre las dos partes protagonistas de aquel encuentro. Jamás nos  detuvimos porque Berta fuera la maestra sino al contrario, sostuvimos un diálogo  franco.
“¿Qué cosa es un proceso?”. Cuando  nos preguntó eso creímos  que se expresaba de manera retórica pero no, la pregunta era tan real y directa como la sonrisa y el abrazo que nos dio al entrar en su apartamento de 23 y F. 
Uno piensa que sabe las cosas porque las estudió una vez o porque ha escuchado hablar de ellas. Sin embargo, cuando llega el instante de dar fe de lo aprehendido comprendemos que  la memoria nos falla a veces, y que a los ojos si uno no trata de sanarlos con frecuencia, puede que nos alcance la ceguera.
Desconocíamos el modo para expresar lo que era un proceso y creo que ni estábamos seguros de poderlo saber. Pensamos quizás en las clases de ciencia de niveles anteriores  y hasta Pavis, Grotowski, Stanislavski o Brecht, pasaron por nuestra  mente como flashazo en un intento por no decepcionar a la maestra. Mas lo importante no estaba en la decepción sino en la comprensión de aquel concepto tan sencillo y efectivo que nos dio: «Un proceso es el desarrollo de las sensaciones internas, actitud contra actitud. El proceso desentraña convenciones, relaciones, actos necesidades». Luego, la sonrisa de Berta despejada y nosotros  agradecidos por las palabras.

Luz. Sencillamente luz. Despertar. Los nervios al margen. Estábamos en casa. No había que demostrar nada.

Más adelante  volvió sobre el tema del actor en la escena y mientras rememoraba su disciplina como actriz acentuaba la importancia de que un actor mida con precisión las posibilidades del personaje, cómo los objetos se convierten en objetivos cuando provocan  necesidades  ineludibles y cómo el motivo nace de estas necesidades para determinar intenciones. «El motivo es la ley que rige la acción a realizar. Es la causa inmediata de la acción. Sujeto y objetivo crean la actividad, que es el nexo con la realidad».

La tarde se  nos deshizo en la mirada. Afuera el viento golpeaba las ventanas y nosotros imaginábamos  que después de aquel encuentro las sensaciones serían distintas. Los deseos de Berta de  comunicar nos  envolvieron en una nostalgia indescriptible y en unas efusivas ganas de continuar trabajando a su lado. El hecho de que a sus setenta y nueve años aún piensa en volver a dirigir  nos ha permitido cuestionar el teatro  desde todas las posibilidades de realización. La ciudad existe y la escena existe, y Berta existe. Hay tanta gente que habla de la memoria. Hay tanta gente que dice ser franca. Y tantas personas que pueden hacer crecer el arte.
Gracias Berta por orientarnos, por creer en nosotros, por el abrazo, por la nostalgia,  por la luz de sus paredes y por la sencillez. La experiencia ha sido inolvidable. Los ojos de nuestra mente se mantendrán despiertos.

NOTAS

(1)   Me refiero al trabajo de Gabriel Jiménez Emán: La imagen para mí es la vida. Palabras con Lezama Lima, en La Gaceta de Cuba, 6-2006, pp. 22-26.
(2)   Vivian Martínez Tabares, Macbeth, en Pensar el teatro en alta voz, Ediciones Unión, La Habana, 2008. P 17.
(3)   Jorge Ignacio Pérez, Las mujeres de Lorca vivían en Yaguajay, en Tablas 2-1998. P 11.

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